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Inception: el cine recursivo

editada por Candyman el 31 de Julio 2010, 07:44h   Printer-friendly   Email story
desde el dept. un-trabajo-para-el-australiano
Hay un aforismo, variadamente atribuído a Andrew Koenig, David Wheeler o Butler Lampson, que dice que todo en informática se puede arreglar añadiendo otra capa de indirección. Esta es también la actitud que tienen los protagonistas (y el guionista/director, Christopher Nolan) de La película Inception , que en España se llamará Origen. Yo la he visto esta semana; lo que sigue es una crítica razonada y cuajada de eso que llaman spoilers, y totalmente incomprensible para quien no haya visto la película.
Antes de entrar en el argumento: es curioso hasta qué punto Inception participa de una normalización del ciberpunk. Un plano de Kyoto por la noche parece sacado de Blade Runner, pero es porque, por la noche, el mundo se parece cada vez más a Blade Runner. En el plano siguiente se ve la misma ciudad de día: imagen banal más propia de un telediario que siquiera de un documental de viajes.

Como en la Trilogía de Neuromante, Leo di Caprio es un proscrito, un exilado forzoso que trabaja haciendo espionaje industrial al pago del mejor postor, con tecnología militar de alteración de conciencia. Sin embargo, no hay cielos del color de la pantalla de un televisor sintonizado en un canal muerto. En parte porque, con la televisión digital, ya no hay estática en los canales, y en parte porque ya vivimos en una era post-Ridley Scott y post-William Gibson en la que la vida real *ya es* ciberpunk. El propio Gibson escribe novelas ambientadas en el presente, y a Christopher Nolan no le hace falta que el mundo de Inception sea diferente del nuestro, excepto por el pequeño detalle de la tecnología que permite compartir los sueños.

Tecnología que también se muestra de la forma más banal posible. El MacGuffin tecnológico de la película es un aparato de aspecto vágamente médico-militar que inyecta simultáneamente una droga a un número de personas que entran así en un espacio de sueño compartido, un maletín anónimo, al que nunca se dedica más de un par de segundos de pantalla. El espionaje industrial se realiza entonces dentro del subconsciente de la persona a la que se quiere sonsacar la información en cuestión.

La tecnología del maletín se da por hecha: hay algo (poco) de necesaria explicación, pero su tratamiento cinematográfico la da por tan obvia como los coches, armas, ordenadores o explosivos. Es simplemente algo que existe en el mundo, y no es lo que más importa para la historia. Lo que importa es la operación, el golpe, la extracción o, en este caso, la incepción (la acción principal narra el intento de introducir una idea en la mente del rico heredero Cillian Murphy). Los sueños y sus lógicas perversas sólo son excusas para echar a rodar la acción.

Y la acción se desarrolla mediante una serie de indirecciones, sueños dentro de sueños, cuidadosamente dispuestos para que soporten la complicada misión, pero a su vez preparados para derribarse unos a otros como una cadena de dominós, y así poder devolver a los durmientes a la vigilia, al mundo real. Esta es la premisa para una serie de películas del género de golpe encestadas una dentro de otra como muñecas rusas.

Parece como si dentro de una película de Oceans Eleven (en el avión) soñaran una película de Michael Mann, o quizás de Paul Greengrass (el secuestro en la camioneta es un cruce entre Bourne y Heat), dentro de la cual sueñan una película de Misión Imposible ambientada en el universo de Matrix (el gambito de decirle a la víctima que está soñando en el hotel), dentro de la cual sueñan una película de James Bond (el propio Nolan ha dicho que Inception es su At Her Majestys Secret Service) en la que el hasta ahora secuestrado actúa como uno más de la banda, en un giro de lo más Patty Hearst.

El montador de la película merece un premio por cómo enhebra estas tres tramas (más la cuarta, de la que aún no he hablado) en paralelo. Me extrañaría que el Oscar al montaje del año que viene no fuera para Inception. También destacan los actores que componen el resto del equipo: el químico Dileep Rao, el falsificador/hombre de los disfraces Tom Hardy y, muy especialmente, el polifacético Joseph Gordon-Levitt, que tiene una de las mejores escenas de la película resolviendo un puzzle físico en un hotel en gravedad cero.

En el centro de esta serie sueños de acción como muñecas rusas encestadas hay una huevo de madera maciza: Leo y su arquitecta (Ellen Page, siempre correcta pero algo desaprovechada) se adentran en el Limbo, el espacio de los sueños desconstruidos en el que caen las personas que mueren dentro de un sueño cuando están sedados, y la película que acecha en el fondo es un melodrama metafísico, como si el guión lo hubieran escrito a medias entre Sartre y Douglas Sirk.

La resolución de este conflicto es la clave para la resolución final de la película, que también se propaga a través de una serie de niveles, como los sueños dentro de los sueños. Mientras los miembros de la banda ejecutan de forma sincronizada los return de final de cada subrutina de sueños, Leo cierra los temas abiertos con su difunta esposa, y ha de ahondar aún más en en Limbo para poder sacar a su cliente (un estupendo Ken Watanabe), muerto en el sueño y que corre el riesgo de enloquecer antes de despertarse.

Leo extrae a Ken, Ken cumple su promesa, Leo obtiene lo que quería ¿O no? ¿Y si ha sido todo un sueño? ¿Y si en vez de hacerle psicoterapia a Cillian Murphy, se la estaban haciendo a Leo, como si esto fuera todavía Shutter Island? Nolan cierra la película con el casi obligatorio momento de ambigüedad que, como la toxina del pez Fugu correctamente preparado, nos hace sentir el latigazo pero sin envenenarnos. En el cine, las personas a mi alrededor mantenían la respiración durante los últimos 10 segundos de película. Con el último corte a negro, la exalación colectiva nos recordó a todos que el cine fantástico también provoca algo de apnea del ensueño.

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